SANTIAGO

(Hch 4,35; 5,12-33; 12,1-2) Herodes hizo decapitara a Santiago hermano de Juan
(II Cor 4,7-15) Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro.
(Mt 20, 20-28) Si quieres ser grande, sé servidor; si  quieres ser 1º, sé esclavo

No es nada fácil hacer una reflexión coherente en esta fiesta de Santiago. Todos sabemos que se trata de una fiesta más sociológica que religiosa; la prueba está en que la celebramos como fiesta o no, dependiendo de los intereses del político de turno. Este año no depende de ellos por caer en domingo. Desde el punto de vista religioso no tiene mayor relevancia, pero aún así, debemos aprovecharla para recordar nuestros orígenes y tomar conciencia de los primeros pasos del cristianismo en nuestra España. Aunque la relación de Santiago con nuestra patria no sobrepasa el ámbito de la leyenda, siempre puede ser una ocasión para experimentar la pertenencia a un pueblo.
También puede se una buena ocasión para expresar juntos nuestro agradecimiento. Acción de gracias a todos aquellos primeros seguidores de Jesús nos han ayudado a ser lo que somos. Y no cabe duda que la vivencia de los apóstoles, fue vital para todo el que, más tarde,  has querido acercarse a él. No olvidemos que la eucaristía es siempre “acción de gracias”. En la figura de Santiago, agradecemos a todos los que nos han ayudado a iniciarnos y progresar en la fe. Conscientes de que es una riqueza que no hemos merecido, pero que tenemos que descubrir y agradecer.
La fiesta de cualquier apóstol nos recuerda que lo que nosotros pretendemos vivir hoy, ya lo han vivido hace dos mil años, otros que eran tan humanos y tan limitados como nosotros. El evangelio que acabamos de escuchar, no tiene desperdicio; pero curiosamente no es ningún alegato a favor de Santiago y Juan, y tampoco de los otros diez. El recordar esas pretensiones tan “humanas”, nos lleva a los fundamentos de la primera comunidad y nos recuerda como se fue desarrollando y extendiendo desde un insignificante grupo de discípulos muy duros de mollera. Todos debemos sentirnos, apóstoles, es decir, conscientes de nuestras limitaciones y dispuestos a aprender del Maestro. Si no lo hacemos así, es que no hemos aprendido nada de los que nos precedieron en el seguimiento de Jesús.
El evangelio que hemos leído nos recuerda una de la claves del mensaje de Jesús, que tanto nos cuesta asimilar. No es nada fácil entrar en la dinámica del servicio total a los demás sin esperar nada a cambio, como actitud básica en la vida de un seguidor de Jesús. Es uno de los puntos del evangelio que están sin estrenar. Poquísimos cristianos, a través de los dos mil años de cristianismo, han sido capaces de vivir esa simple enseñanza. Hoy sigue siendo para nosotros, la piedra donde tropezamos en nuestro intento de vivir el evangelio. Dejar de ver el mundo desde mi egocentrismo, y descubrir que el centro es siempre el otro, sería lo que no llevaría a una auténtica actitud evangélica.
En demasiadas ocasiones se ha utilizado (y se sigue utilizando) la religión para escalar puestos en la sociedad y vivir mejor. Cuentan de un monaguillo que tocaba las campanas con todo entusiasmo a la muerte de un Papa. Cuando le preguntaron que le ponía tan eufórico, contestó: El escalafón es el escalafón. Seguimos intentando por todos los medios, estar por encima de los demás. Ningún clérigo que se precie, deja de buscar en todos sus actos el ser más que los demás, el estar por encima, el mandar y disponer según su voluntad. Eso sí, esa voluntad impuesta, se da por supuesto que es la voluntad de Dios.
Es verdad que el ser humano es social en todos los aspectos de la vida, también en el religioso. El seguimiento del evangelio no se puede hacer solo individualmente y desentendiéndose de de los demás, pero tiene que vivirse esa interdependencia con verdadero sentido de comunidad. En ningún caso, debemos refugiarnos en guetos cerrados o peor aún, defensivos contra todo lo que no somos capaces de integrar. El grupo nos tiene que ayudar a comprender mejor y a vivir el evangelio; pero esa misma vivencia me obliga a salir de grupo y dedicarme al servicio de todos. Una verdadera comunidad cristiana madura en sus relaciones internas, pero si su acción no sobrepasa el gueto, su cristianismo será engañoso y quedará recudida a una forma de egoísmo amplificado.
El evangelio propone una alternativa al poder, ejercido como dominio y opresión. Para Jesús, todo poder (también el religioso) que no se ejerce como servicio a todos, es una usurpación del evangelio. Santiago y Juan pretendían aprovechar su cercanía a Jesús como un medio para alcanzar el poder. Jesús les ofrece una alternativa a ese mismo poder. Esta propuesta desbarata nuestro instintiva tendencia al domino de otro y a la opresión. Los primeros seguidores de Jesús aprendieron la lección, aunque les costó Dios y ayuda (nunca mejor dicho). Ésta podría ser la mejor lección de la fiesta que estamos celebrando.
La necesidad que todos sentimos de estar por encima de los demás es el mejor signo de que estamos anclados en nuestro falso yo. Nadie podrá superar esa exigencia del ego si no deja de identificarse con la parte de sí mismo que no es más que apariencia y no tiene una auténtica realidad. El evangelio de hoy nos pone en guardia sobre esa tentación de emplear la religión para estar por encima de los demás. Recordemos que la diatriba de Jesús no va dirigida sólo contra los dos hermanos sino también contra los diez que, al protestar, demuestran tener las mismas aspiraciones y estar en la misma dinámica. Por eso puede ser muy útil examinar nuestra actitud, para purificar nuestra pertenencia a Cristo.
También vamos a aprovechar esta fiesta de Santiago para pensar un poco en nuestra pertenencia a una nación. Sin duda tenemos mucho que rectificar en la forma que hemos tenido de vivir la fe en comunidad. Hemos dejado atrás el nacionalcatolicismo, pero dudo que hayamos superado el afán de vencer al opositor, desde el caballo de la fuerza y la intolerancia; en lugar de convencer desde la vivencia religiosa. No podemos evocar esta fiesta para seguir defendiendo nuestros instintos patrioteros, oponiéndonos con uñas y dientes a todo el que no es de los nuestros. El seguidor del evangelio debe buscar sobre todo el servicio a todos, no solo a los que piensan o actúan como nosotros.
La campaña de desprestigio y acoso que está sufriendo hoy el cristianismo en España no debe asustarnos y puede servir de acicate para superar actitudes equivocadas de nuestro cristianismo. Seguramente la cosa va a ir a pero. En vez de quejarnos, lo que tenemos que hacer es ser más fuertes, pero desde la postura de Jesús, abandonando todo privilegio y poniéndonos a nivel de los más bajos para elevar a todos desde ahí. Los apóstoles no lo entendieron todo de repente, pero supieron aprender de sus mismos errores. Los errores del pasado tienen que enseñarnos a ser más firmes para poder ser más tolerantes.
También puede tener sentido cristiano, el celebrar con los no creyentes una fiesta sociológica. Cada pueblo y el conjunto de todos los pueblos de España, tenemos que vivir en comunidad para poder solucionar los problemas que afectan a todos. El primer requisito para que, de verdad, nos comprometamos en la búsqueda del bien común, será potenciar el sentido de pertenencia. El pertenecer a una familia no impide, sino que potencia la pertenencia a un pueblo o ciudad, sea grande o pequeña. Pero de la misma manera la pertenencia a un municipio no tiene que impedir para nada la integración en la región. Y sólo si estoy bien integrado en mi región, estaré en condiciones de sentirme comprometido con la unidad de España. Si no es así, algo va mal. Sintiéndome plenamente español puedo comprometerme en la lucha por un mundo mejor a escala planetaria.
Jesús nos dijo: “No será así entre vosotros”. Pero la historia y los oprimidos nos dicen: “Ha sido y sigue siendo así entre nosotros”. Creo que seguimos con la misma dinámica de los dos hermanos y parece que va a seguir siendo así durante mucho tiempo. Sería un buen ejercicio en esta festividad, el comparar lo que vivimos a nuestro alrededor con la propuesta de Jesús. No vale la excusa: “primero hay que servir a Dios y luego a los hombres”. Esta idea es sencillamente diabólica, porque bajo el pretexto de servir a Dios, estamos preparados para servirnos de todo dios, y dispensarnos de servir a los demás. Jesús dejó bien claro que a Dios sólo se le puede servir en el hermano. Sólo siendo cada vez más humanos podemos acercarnos a Dios.
Ni poder ni riqueza ni honores y prestigio tienen valor para Jesús, porque no ayudan a ser más humanos. Lo único que te hace más humano es el servicio a los demás. El único valor absoluto es el hombre, todo hombre, cualquier hombre; a él tiene que estar orientado todo lo demás. Esta actitud que es la clave del mensaje de Jesús, la hemos cambiado por otra que no se le parece en nada. Para la Iglesia, lo importante es la institución no la persona. En nombre de la institución se puede machacar impunemente a la persona concreta, poniendo como excusa que hay que sacrificarse por la comunidad. Si el bien de cada persona no se puede armonizar con el bien de la comunidad, algo va mal.


   DOMINGO  17  (C)

(Gen 18,20-32) "Si hay diez inocentes en la ciudad, ¿la destruirás?
(Col 2,12-14) Fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él

(Lc 11,1-13) "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre.

El “Padrenuestro” es mucho más que una oración de petición. Es más bien un resume de las relaciones de un ser humano con el absoluto, consigo mismo y con los demás. En la primera parte del padrenuestro se mira hacía Dios; en la segunda se mira hacia el hombre. Es muy probable que el núcleo de esta oración se remonte al mismo Jesús, lo cual nos pone en contacto directo con su manera de entender a Dios. El Padrenuestro nos trasmite, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. La base de ese mensaje fue una experiencia única de Dios como “Abba”, y la experiencia de ser un “Hijo de Hombre”, conectado con todos los demás seres humanos.
Como conjunto de peticiones no tienen mucho sentido para nosotros hoy. La mayoría de las veces, lo hemos reducido a un rezo mecánico que no supone para nada una actitud determinada. Y hemos destrozado su profundo sentido cuando lo hemos convertido  su recitación repetida, en una penitencia por nuestros pecados. Sin embargo, como expresión de una actitud interior puede abrirnos horizontes insospechados. Hemos repetido muchas veces que el mensaje de la Palabra, no está en la letra, sino en el espíritu. Alcanzar el espíritu, supone siempre ir más allá de las formulaciones literales.
Entendido literalmente, el Padrenuestro no tiene para nosotros mucho sentido. Ni Dios es padre en sentido literal; ni está en ningún lugar, llamado cielo; ni podemos santificar su nombre, porque no lo tiene; ni tiene que venir su Reino de ninguna parte, porque está siempre en todo y en todos; Ni su voluntad tiene que cumplirse, porque se cumple siempre aunque no queramos nosotros. Ni tiene nada que perdonar, mucho menos, puede tomar ejemplo de nosotros para hacerlo; ni podemos imaginar que sea Él el que nos induzca a pecar; ni puede librarnos del mal, que depende sólo de nosotros.
Es imposible abarcar todo el padrenuestro en una homilía. Cuentan de Sta. Teresa que al ponerse a rezar el padrenuestro, era incapaz de pasar de la primera palabra. En cuanto decía “Padre” caía en éxtasis... ¡Qué maravilla! Efectivamente, esa palabra es la clave para adentrarnos en la experiencia de Jesús. Comentar esa sola palabra nos podía llevar varias horas de meditación. De todas formas vamos a repasarlo todo brevemente.
Padre. Llamar a Dios Padre, fue la gran revelación de Jesús. El “Abba” es la piedra maestra de todo su mensaje. En los evangelios se pone una sola vez en labios de Jesús, pero lo hace con tal rotundidad, que se ha convertido en resumen de todas las enseñanzas de Jesús. Es una fuente inagotable de vivencias. El descubrir a Dios como Papa supone la situación de un niño pequeño que ni siquiera sabe lo que debe pedir. Esta actitud es muy distinta de la nuestra que nos comportamos como personas mayores que podemos decir a Dios lo que no debe dar en cada momento. La aparente oración debe convertirse en confianza absoluta en aquel que sabe mejor que yo mismo lo que necesito.
Dios es Padre en el sentido de origen y fundamento de nuestro ser, no en el sentido de dependencia biológica. Queremos decir mucho más de lo que esas palabras significan, pero no tenemos el concepto adecuado; por eso tenemos que intentar in más allá de las palabras. Procedemos de Él sin perder nunca esa dependencia absoluta, que no limita mis posibilidades de ser, sino que las fundamenta absolutamente. El padre natural, da en un momento determinado la vida biológica. Dios nos está dando constantemente la Vida.
Pero Dios es también Madre. Hay que eliminar de Dios la idea del padre dominador y represor, que ha veces le hemos atribuido y que nos ha llevado al desarrollar en relación a Él, los complejos que con frecuencia sufrimos con relación al padre natural. No podemos empeñamos en proyectar sobre Dios ideas negativa de “padre” que hemos elaborado a través de los siglos. No tiene ni pies ni cabeza considerar a Dios superior al hombre, mucho menos enemigo del hombre. Al liberarse hoy de ese Dios falso, y no experimentar el verdadero, el ser humano se ha quedado en la más absoluta orfandad.
El concepto de padre, es siempre relativo. Hace referencia a un hijo. No hay padre si no hay hijo; y no puede haber hijo si no hay padre. Para la cultura semita, Padre era, sobre todo, el modelo a imitar por el hijo. Este es el verdadero sentido que da Jesús a su advocación de Dios como Padre. “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” Cuando Jesús dice que no llaméis a nadie padre, quiere decir que el único modelo a imitar por el seguidor de Jesús, es el únicamente el mismo Dios.
Jesús experimentó a Dios como su “Abba”, por ello descubrió que era Padre para todo ser humano. De esta experiencia sacó Jesús todo su mensaje: si todos somos hijos, todos somos hermanos y debemos comportarnos como tales. Ser hermano supone el sentimiento de pertenencia a una familia y de compartir todo lo que se tiene y lo que se es.
Que estás en el cielo. Juan Pablo II dejó dicho, con toda claridad, que el cielo no era un lugar, sino un estado. ¿Cuántos cristianos han superado la idea de un cielo como lugar al que un día aspiran a llegar? Había que traducir: “Que estás en ti mismo”. La verdad es que no puede estar en otro sitio ni de otra manera. Otra traducción podía ser: Que no puedes dejar de ser lo que eres. En Dios, el SER y el ESTAR se identifican.
Santificado ser tu nombre. Ya sabéis que aquí “nombre” significa persona, ser. Nada ni nadie puede añadir nada a Dios. Está siempre colmado su ser y no se puede añadir ni una gota más. Lo que quiere decir es que nosotros descubramos ese ser y lo demos a conocer a los demás tal como es, a través de nuestra propia existencia.
Venga tu reino. No podía faltar aquí el símbolo clave de toda la predicación de Jesús: El Reino de Dios. Pero el mismo Jesús nos dijo que no tiene que venir de ninguna parte ni está aquí ni está allí. Está ya dentro de vosotros. Nuestra tarea consiste en descubrirlo y hacerle salir al exterior, manifestarlo en la vida con nuestras obras. Debemos contribuir a que ese proyecto de Dios y de Jesús, que es el Reino, se lleve a cabo en nuestro mundo de hoy. Todo lo que tiene que hacer Dios para que su Reino llegue, ya está hecho. Al expresar este deseo, nos comprometemos a luchar para que se haga realidad.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Cielo supone un lugar contrario a la tierra, donde se cumple su voluntad. Esto no es inteligible. En Dios la voluntad no es una facultad, como en el ser humano. Es un ser simplicísimo que no puede tener facultades o potencias. La voluntad de Dios es su propio ser que se plasma y se manifiesta en cada criatura, es decir, en todas las cosas y las personas. La voluntad de Dios no es un añadido que se hace realidad en el tiempo. Nosotros si podemos manifestar esa naturaleza de Dios en el tiempo acomodándonos a las exigencias de nuestro propio ser.
Danos cada día nuestro pan de mañana. Dios no puede dejar de darnos todo lo que necesitamos para ser nosotros mismos. Sería ridículo un dios que se preocupara solo del que se lo pide y se olvidara del que no le pide nada. No se trata sólo del pan o del alimento en general, sino de todo lo que el ser humano necesita, tanto lo necesario material como lo espiritual. Jesús dijo: “Yo soy el pan de Vida”. Al pedir que nos dé el pan de mañana, estamos manifestando la confianza en un futuro que se puede adelantar.
“Perdónanos, que también nosotros perdonamos”
Sería ridículo que nosotras pudiéramos ser ejemplo de perdón para Dios. Más bien deberíamos aprender a perdonar de ese Dios que nos perdona sin condiciones. La primera lectura de hoy nos da una ridícula perspectiva del hombre cuando trata de dar lecciones a Dios. Dios no perdona. En Dios los verbos no se pueden conjugar, porque no tiene tiempos ni modos. Dios es perdón. También es verdad que sólo será capaz de perdonar el que se sienta perdonado. El descubrir que Dios me sigue amando sin merecerlo es la clave de toda relación con Él. Si perdonamos es señal de que hemos descubierto y aceptado el perdón de Dios.
“No nos dejes ceder a la tentación” También esta formulación es complicada. Tanto el griego como el latín apuntan a que no nos induzca a pecar el mismo Dios, lo cual no tiene ni pies ni cabeza. Los intentos que se hacen al traducirlo no terminan de aclarar los conceptos. Pensar que Dios puede dejarnos caer o puede hacer que no caigamos es ridículo. La única manera de no caer es precisamente la oración, es decir, la toma de conciencia, (conocimiento) de lo que verdaderamente soy y lo que es Dios.
Líbranos del mal. Si Dios pudiera librarnos del mal y no lo hiciera, no sería Dios. Claro que tiene su sentido, pero está más allá de la letra. La única manera de librarnos del mal es el conocimiento. Todo el mensaje de Jesús está encaminado a librarnos del mal, es decir, del engaño, del error, de la mentira. No hay manera de librarnos del más sin el conocimiento del bien. Si yo supiera lo que es bueno o malo para mí, nunca elegiría el mal.

Meditación-contemplación

Dios es Abba.
Como Padre, es fundamento de todo lo que yo soy.
De mi ser material y de mi ser espiritual.
Mi existencia depende totalmente de Él en todo momento.

Como Padre es el único modelo al que debo imitar.
Mi plenitud consiste en imitarle.
Cuando sea capaz de experimentar que yo y el Padre somos uno,
Habrá terminado mi camino de perfección.

Como padre de todos, todos participamos de lo que Él es.
Somos todos mucho más que hermanos.
Somos idénticos. Somos una sola cosa en Él.
Éste es el fundamento del amor que nos pide Jesú
s.