DOMINGO  2 1 (C)

(Is 66,18-21) "Vendré para reunir a las naciones de toda lengua."
(Heb 12,5.13)"Robusteced las rodillas vacilantes. Caminad por una senda llana."
(Lc 13,22-30) ¿Serán pocos los que se salven?


El texto nos recuerda una vez más que Jesús va de camino hacia Jerusalén, que será su meta. Sigue Lc con la acumulación de dichos sin mucha conexión entre sí, pero que tienen como objetivo ir instruyendo a los discípulos sobre el seguimiento de Jesús. Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, es un proceso de descentración del yo, que hay que tratar de llevar lo más lejos posible. Fijándonos solo en la pregunta, trataremos de adivinar por qué no responde Jesús.
No es nada fácil concretar en que consiste esa salvación de la que se habla en todas las páginas del evangelio. El concepto mundano parece ser que es la liberación de un peligro o de una situación desesperada. El médico está todos los días curando en el hospital, pero se dice que ha salvado a uno, cuando estando en peligro de muerte ha evitado ese final. Este concepto aplicado a la vida espiritual puede despistarnos un poco. El mayor peligro para una trayectoria espiritual es dejar de progresar, no que encuentre obstáculos en el camino. La salvación no sería librarme de algo sino desplegar un máximo de plenitud humana. Vamos a examinar algunas preguntas que nunca nos debíamos hacer, porque la alternativa que se propone simplemente no es real. Trataremos de dar respuesta a lo que no tiene respuesta.
1.- ¿Te salvas tú, o te salva Dios? En realidad no se puede dar tal alternativa porque la acción de Dios y la del hombre no son de la misma naturaleza, por lo tanto no se contrapone la una a la otra. Dios no obra como causa segunda, sino directamente en la esencia del ser. En Él el obrar y el ser es lo mismo. Dios me está salvando ahora, pero ese “me” no se refiere al ego. Si pretendo salvar mi ego, es que no he descubierto la acción de Dios, y tampoco la he hecho mía. “El que quiera salvar su vida, la perderá”.
2.- ¿Salvación para el más allá o para el más acá? Esta pregunta es de la mayor importancia. ¿Por qué nos empeñamos en separar el más allá del más acá, lo terreno de lo espiritual, lo transitorio de lo eterno, etc.? No resolveremos el problema, mientras no lleguemos a una síntesis. El ser humano es una unidad. Su salvación tiene que ser también una. No puede haber salvación del más allá sin salvación en el más acá. Aquí y ahora se realiza la salvación que durará siempre. En el momento presente está toda la eternidad.
3.- ¿Cómo nos salva Cristo? Para cualquier cristiano, no hay duda de que es Jesús quien nos salva. Por eso el interrogante no es sobre "el si” nos salva,  sino sobre "el cómo”. Fijaros que no ponemos en duda el aserto, sólo queremos concretar su significado, porque en la inmensa mayoría de los casos, se entiende mal. No podemos repetir hoy los argumentos de S. Anselmo: “Cristo con una acción de valor infinito, pagó a Dios la ofensa infinita del ser humano…”. Ese Dios que exige la muerte de su propio Hijo para poder perdonar, además de ser un mito ancestral, no es el Dios del evangelio. Jesús nos salva, salvándose él como hombre. Nos ha mostrado el camino y nos ha demostrado que es posible, también para nosotros si asimilamos lo que él vivió, y hacemos nuestro lo que a él le salvó.
4.- ¿salvan las religiones? Gamdhi decía que las religiones eran distintos caminos que conducían todos al mismo punto. Estoy de acuerdo, pero son instrumentos que no siempre sabemos utilizar y con demasiada frecuencia los utilizamos mal o los confundimos con la misma meta. Todas las religiones son consecuencia de que una persona, en un momento determinado de la historia, se ha sentido salvada. Al encontrar la salvación para sí, intenta llevarla también a los demás. Pero la salvación no es transferible, entonces se ofrece  normas, ritos y doctrinas que pueden ayudar. Cuando todo esto se organiza se crea una religión. La realidad es que todas las religiones atan más que liberan; oprimen más que salvan. También la nuestra, a pesar de la osadía de la frase: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Mal entendidas, todas las religiones son falsas y ninguna salva.
5.- ¿Salvan los sacramentos? La mala comprensión de la salvación de Cristo, hace que entendamos mal todos los sacramentos. Se piensa que la actuación de Dios en ellos es externa e instrumental, “ex opere operato”. La consideración de los sacramentos como quitamanchas o pulidores automáticos, nos ha metido a todos por un callejón sin salida. Baste recordar con que preocupación se buscaba al sacerdote, a la hora de la muerte, para que pudiera despachar al difunto bien arreglado. Esa visión mecanicista y extrínseca de la salvación ha empobrecido nuestra religiosidad hasta límites increíbles. Debemos descubrir toda la magia que se esconde en esa visión, y como podemos hoy salir de ese atolladero y seguir buscando la verdadera salvación en las actitudes de cada persona en su vida real.
6.- ¿Es la salvación, siempre la misma para todos? El hombre del Cro-magnon, nosotros y el hombre de dentro de veinte mil años, ¿tendrían todos las mismas posibilidades de salvación? Sería más razonable pensar que a medida que el ser humano avanza en su evolución, crecen también las posibilida­des de plenitud, y por lo tanto crecen sus posibilidades de salvación. No es una idea fácil de asimilar, pero si aceptásemos que el ser humano está en evolución, quizá desaparecieran muchos fundamen­talismos absolutistas. Creer que podemos determinar lo que el hombre futuro puede llegar a ser, es ignorar nuestra limitación y además es ignorar la historia de la vida, siempre en evolución. Desde los primeros organismos vivos hasta el hombre, se ha ido abriendo siempre nuevas perspectivas de más ser, y por lo tanto, de mayor perfección. La ameba no podía imaginar que un día un descendiente suyo iba a correr como el gamo, a volar como el águila o a ver como el lince. Tampoco el ser humano tiene en sus manos el futuro. Tenemos que estar abiertos a nuevas e insólitas posibilidades.
7.- ¿Se puede conocer la salvación antes de conseguirla? Se trata de averiguar si podemos hablar con propiedad de la salvación, de modo que se pueda trasmitir un conocimiento de lo que alcanzaríamos si consiguiéramos salvarnos. Nadie sabrá en qué consiste la verdadera salvación, hasta que no la haga realidad. Entre todos tendremos que ir tanteando un poco a ciegas y, a base de infinitas equivocaciones, ir abriendo camino. Lo que llamamos "pecado", sería la manifestación de esas equivocaciones, en busca de la meta.
8.- ¿Es la salvación una cuestión puramente personal? En el AT casi siempre se habla de salvación o perdición del pueblo. El evangelio insiste en que la salvación es personal, pero también afirma, que nadie se puede salvar desentendiéndose de los demás. Como nadie puede comer y medrar por otro, tampoco puede llegar a su plenitud por otro; y sin embargo, en la medida que una persona se salva, está ayudando a salvarse a los demás. De hecho, a los que han sido ejemplos de salvación a través de la historia, les tenemos por salvadores. Para nosotros el gran ejemplo de salvación fue Jesús. En otras culturas, tienen otros modelos de salvación, que pueden ser también válidos. Toda figura salvífica, está condicionada a unas circunstancias a las que respondió con su modo de vivir. Nuestra salvación la tenemos que demostrar, respondiendo a los retos que la vida nos lanza en el momento presente.
9.- ¿De qué tenemos que ser salvados? La 1ª acepción del verbo salvar (librar de un peligro) nos despista. Insistir en el “hombre caído”  no tiene hoy mucho sentido, como punto de partida. La salvación no puede consistir en quitarme ni en añadir algo. No se da en el orden del tener sino en el del ser. No puede consistir en librarnos de nuestras limitaciones y fallos. Las religiones tienden a dar pábulo a este mito. Nuestra religión ha insistido en la liberación del pecado. Pensamos que la creación le salió mal a Dios la primera vez; y tiene que corregir el error en una segunda creación. Debemos tener clara la falsedad de este planteamiento. En el fondo es negar nuestra condición de criaturas. Somos criaturas y por lo tanto, contingentes, limitadas, falibles y que de hecho fallamos. Dios no tiene otra manera de crear algo distinto de Él mismo. Esas limitaciones no son fallos de la creación, sino que pertenecen a nuestra condición esencial. No debemos achacar esas carencias a Dios ni al diablo. Por lo tanto la salvación no puede consistir en hacernos infalibles, impasibles, impecables, inmortales. La salvación tiene que producirse desplegando las posibilidades que tenemos como seres humanos, no cambiando lo humano por otra manera de existencia.
No estamos aquí para salvarnos sino para perdernos en beneficio de todos. El domingo pasado decía Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¿qué más puedo pedir si ya está ardiendo? Todo lo creado tiene que transformarse en luz, y la única manera de conseguirlo es ardiendo. Somos como la vela que está hecha para iluminar consumiéndose; mientras esté apagada y mantenga su identidad de vela será un trasto inútil. En el momento que le prendo fuego y empieza a consumirse comienza a dar luz, da sentido a su existencia. Cuando nos pasamos la vida adornando y engalanando nuestra vela; cuando incluso le pedimos a Dios que, ya que es tan bonita, la guarde junto a Él para toda la eternidad, estamos renunciando al verdadero sentido de una vida humana, que es arder, consumirse para iluminar a los demás.

Meditación-contemplación

He venido a prende fuego a la tierra.
El fuego que Jesús trae, me tiene que consumir a mí.
Mi falso yo, sustentado en lo material,
tiene que consumirse para que surja el verdadero ser.

Todo lo que trabajemos para potenciar la individualidad,
será ir en dirección contraria a la verdadera meta.
Mientras más adornos y capisayos le coloque,
más lejos estaré de mi verdadera salvación

Para que surja el oro de mi verdadera naturaleza,
Tiene que arder la escoria de mi ego.
La luz que ya existe en el fondo de mi ser,
Solo se manifestará cuando arda mi materialidad
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