DOMINGO   4º  DE  CUARESMA  (C)

(Jos 5,9-12)"Hoy os he despojado del oprobio de Egipto."
(2 Cor  "Os pido que os reconciliéis con Dios."
(Lc 15,11-32)Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; perdido, y lo encontramos


La liturgia propone la parábola del “hijo pródigo” con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo. Pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión. Sin embargo, Hay que tomar buena nota de que esta parábola no va dirigida a los publícanos y pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Descalifica a los que se creen buenos y son incapaces de aceptar a los que no son como ellos. Se trata de un relato ancestral que se encuentra en todas las culturas. Es un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser profundo. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana, pero también, un alarde de experiencia religiosa. Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.
Desde el punto de vista personal, la comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser. Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros, aunque sea padre misericordioso, sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos y actuando desde dentro. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar,  acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso.
El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro. Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar a todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera abrazar y fundir todo el hielo que encuentra en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.
El hijo menor simboliza nuestro “yo”, nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle.
El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los  demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser.  El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder el cariño del Padre y no es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y también tenemos que superar el estadio de “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.
La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera reduccionista. Es un error llamar a este relato la parábola del “hijo pródigo”. Si nos fijamos en el contexto, veremos que el motivo de la narración es que los fariseos y letrados critican a Jesús porque acoge a los pecadores y come con ellos. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para cada uno de nosotros, seamos “buenos” o “malos”. En la manera de actuar con los dos  hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios; de la misma manera que Jesús al acoger a los pecadores está haciendo presente a Dios.
Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida los “hijos pródigos”. Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada. Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido. Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia. Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. El fallo estrepitoso del hijo menor de la parábola, y la situación desesperada a la que le ha llevado, facilita la toma de conciencia de que ha ido por el camino equivocado. Le hace entrar dentro de sí y descubrir que hay que rectificar.
Más complicado es el caso del hijo mayor. También está alejado del Padre, pero le será mucho más difícil descubrirlo. Había obedecido en todo, pero esa actitud externa no iba acompañada de una maduración interna. Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor. Con frecuencia, no entendemos el perdón del Padre para con los pródigos, nos irrita y molesta que otra persona que se han portado mal, sean, a la postre, tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No sólo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor. Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. Esto nos tiene que hacer pensar.
El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.
El llegar a ser Padre, no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre. Tanto el hermano menor como el hermano mayor que hay en cada uno de nosotros, debe ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.
El descubrimiento de que somos el hermano menor y, la vez, somos el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: “Yo y el Padre somos Uno”). Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". El relato nos tiene que hacer ver, que siempre habrá en nuestra vida, etapas que hay que superar por imperfectas.
Nuestra atención no debemos centrarla en la superación de la condición de hermanos sino en aproximarnos al Padre, que imita a Dios. Para Jesús, el que Dios sea Padre no significa que es una persona a la que se le puede aplicar la cualidad de padre. Se trata más bien de descubrir en la relación padre-hijo lo esencial de Dios. Podíamos decir que Dios no es un padre, sino la paternidad. Ser Padre-Amor, pertenece a la misma esencia de Dios.
Resumiendo: Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo e imitarlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta, pero creyendo que caminamos hacia ella; lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Meditación-contemplación

Yo y el Padre somos UNO.
Es la mejor expresión de lo que fue Jesús.
Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.
El día que lo descubras, esa frase saldrá también de lo más hondo de tu ser.

Descubre lo que hay en ti de hermano menor:
Me dejo llevar por el hedonismo individualista.
Busco lo más fácil, lo más cómodo, lo que me pide el cuerpo...
Mi objetivo es satisfacer las exigencias de mi falso “yo”.

Descubre lo que hay de hermano mayor:
Busco la cercanía de Dios, pero fabrico un Dios a mi medida.
Un Dios que me quiera, porque soy mejor que los demás
Y me debe ese amor que le exijo.

No busques modelos fuera, todos son falsos.
El único modelo debe ser Él, que no está “en los cielos”, (en las nubes)
sino en lo hondo de tu ser,
esperando ser descubierto y vivido y manifestado.
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