DOMINGO  4º (A)

(
Sof 2,3; 3,12-13) El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras...
(1 Cor 1,26-31) No hay entre vosotros muchos sabios, ni poderosos, ni aristócratas
(Mt 5,1-12) Dichosos los pobres en el espíritu.


Imposible entender nada de las bienaventuranzas, sin no tenemos en cuenta lo que dijimos el domingo pasado del “Reinado de Dios”. Dios dentro de ti es lo esencial. Todo lo demás es accidental. La falta de lo externo, lo secundario nunca podrá anular lo esencial, pero tampoco lo accidental podrá sustituirlo. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Qué suertes tienes! ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, porque su dinámica está más allá de toda lógica. Se trata sin duda del mensaje más original y provocativo de todo el evangelio. No son nada fáciles de entender. Las bienaventuranzas empezaron a necesitar explicación cuando los cristianos abandonaron la vivencia interior.
Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran “la quintaesencia del cristianismo”. En cambio para Nietsche eran una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. Entre estos dos extremos podemos encontrar explicaciones para todos los gustos. Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas y por lo tanto inofensivas. En los dos extremos hemos caído a través de la historia. Las bienaventuranzas son los textos que mejor expresan la radicalidad del evangelio. Tal vez la formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si saliéramos de la dinámica del consumismo egoísta y entrásemos en la dinámica del compartir.
Mt coloca las bienaventuranzas al principio del primer discurso programático de Jesús. Bien entendido que es un montaje de Mt. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical como este. También el escenario que prepara para este sermón nos indica hasta que punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. En el AT, el monte es el lugar de Dios, el ámbito de lo divino. Jesús es considerado como el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.
No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt, nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de la vida humana planteada desde el falso yo. No se trata de buscar a uno que es pobre, a otro que llora, a otro que pasa hambre o a otro que es perseguido. Se trata del se humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.
La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.
Esta diferencia se atenúa mucho en cuanto descubramos qué significaba en tiempo de Jesús “pobres” (aniwim). En la Biblia hay una riquísima tradición sobre este concepto, que puede ayudarnos a comprenderlas. Sin este trasfondo bíblico, pueden resultar sorprendentes e incluso reaccionarias. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los más pobres. No es una crítica social, sino religiosa. En efecto, todos pertenecen al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no hacen caso a Yahvé, no reconocen su soberanía. Dios no puede tolerar esta rebelión, y reaccionará, dicen los profetas.
Después del destierro se habla del resto de Israel, un resto pobre y humilde. Simplificando mucho, podíamos decir que los pobres bíblicos son aquellas personas que, por no tener nada ni nadie en quien confiar, su única escapatoria es confiar en Dios, pero confían. El “resto” bíblico es siempre el oprimido, el marginado, el excluido de la sociedad. Incluía, por tanto, a  los que hoy llamaríamos socialmente pobres: a los enfermos y poseídos, a los ‘impuros’, a los que ejercían oficios incompatibles con la pureza legal.
La diferencia entre pobre sociológico y pobre teológico no tenía sentido, cuando nos referimos a los evangelios. En tiempo de Jesús no había separación posible entre lo religioso y lo social. Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden, son los que Jesús considera bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser más humanos.
Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí y ahora puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, no basada en el tener y consumir más que los demás, sino en la búsqueda de un equilibrio que elimine las diferencias entre todos los seres humanos.
Esta reflexión nos abre una perspectiva nueva. Ni el pobre ni el rico se puede considerar aisladamente. Siempre existe una relación entre ambas situaciones. La riqueza y la pobreza son dos términos correlativos, no existiría una sin la otra. Es más, la pobreza es mayor cuanto mayor es la riqueza, y viceversa. Si desaparece la pobreza, desaparecerá la riqueza. Tal vez la irracionalidad de los ricos es que queremos que desaparezca la pobreza manteniendo nosotros nuestra riqueza. Es imposible. Si tenemos en cuenta que la tendencia es a aumentar el abismo ya existente entre ricos y pobres, descubriremos que la predicación de hoy está abocada al fracaso.
Las bienaventuranzas quieren decir: es preferible ser pobre, que ser rico opresor; es preferible llorar a hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros mueran de hambre. Dichosos no por ser pobres, sino por no ser ricos egoístas. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no ser opresores. La clave sería: el valor supremo no esta en lo externo sino dentro del hombre. Hay que elegir entre la confianza en el placer o la confianza en el Reino de Dios. Si elegimos el ámbito del dinero, habrá injusticia e inhumanidad. Si estamos en el ámbito de lo divino, habrá amor, es decir humanidad.
Ahora bien, si el ser pobre es motivo de dicha, por qué ese empeño en sacar al pobre de la pobreza. Y si la pobreza es una desgracia, por qué la disfrazamos de bienaventuranza. Ahí tenemos la contradicción más radical al intentar explicar racionalmente las bienaventuranzas. Pero por paradójico que pueda parecer, la exaltación de la pobreza que hace Jesús, tiene como objetivo el que deje de haber pobres. El enemigo numero uno del Reino de Dios es la ambición, el afán de poder, la necesidad de oprimir al otro. Recordad las palabras de Jesús: “no podéis servir a Dios y al dinero”. La praxis de Jesús es su vida diaria, es el único camino para entender las bienaventuranzas. El Reino de Dios es el ámbito del amor, pero para llegar a ese nivel, hay que ir más allá de la legalidad o falsa justicia. Mientras no haya verdadera justicia, el amor será falso. Decía Plotino: “Hablar de Dios sin una verdadera virtud es pura palabrería”
El evangelio nos está diciendo que toda acumulación de bienes, mientras haya un solo ser humano que muera de hambre, es injusta. Ya sé que no lo queremos entender. Los economistas dirán que no puede haber progreso sin acumulación de capital. Los sociólogos dirán que la organización de la sociedad sería imposible, si no hubiera alguien que mandara y alguien que obedeciera. Lo que intentan decir las bienaventuranzas es precisamente que la sociedad tal como está hoy montada a nivel mundial es radicalmente inhumana e injusta, aunque cumplamos al pie de la letra todas las normas legales que nos hemos dado a nosotros mismos. Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor.  ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza.

Meditación-contemplación

Dichosos los que viven sin ambición, porque en ellos reina Dios.
Si en vez de acaparar, reparto, entro en el ámbito de lo divino.
Si pongo mi felicidad en el consumir,
Olvido mi verdadero ser y oprimiré a otros.
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Acaparar lo que otros necesitan para vivir, es negarles la vida.
Pero es también impedir nuestra verdadera Vida.
Compartir lo que tengo con el que lo necesita, es alcanzar humanidad.
Pero es también dar al otro la posibilidad de hacerse más humano.
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Cada vez que me aprovecho de los demás, me alejo de lo humano.
Cuando pienso que soy más porque tengo más que los demás, soy menos.
Me equivoco cuando pienso que oprimir a los demás, me coloca por encima de ellos.
Solo hay un camino hacia la plenitud: el servicio.
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CICLO "A"