COMENTARIO-BENJAMÍN
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega!
                           DOMINGO DE RAMOS

Bendito el que viene en el nombre del Señor!  (Mt. 21, 1- 11).

    Este es el grito que resuena en el Evangelio de este Domingo de Ramos. Es el grito de los discípulos y es también  el grito de nuestra Fe hoy... “¡Bendito, el que viene en el nombre del Señor!”.

   
Nosotros estamos también invitados a participar en esta manifestación, y aclamar a Jesús por  el camino de esperanza que ha abierto para nosotros. Nos sentimos parte de esta muchedumbre que ha experimentado la liberación de Jesús y quisiéramos decirle también ¡Hosanna, Señor! ¡ Sálvanos, hosanna! Sácanos de este círculo asfixiante en que vivimos. Déjanos aclamarte.  Déjanos que entonemos un “cántico nuevo”.

     La celebración  de hoy se abre con la memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén. ¿Quién, en ese día intuyó que Jesús de Nazaret, era el Mesías, el Hijo de David, el Salvador del mundo? Fue el pueblo, y entre el pueblo, los más jóvenes,  que comprendieron que había llegado la hora de Dios, la hora que la humanidad aguardaba durante siglos y, agitando ramos de olivo y de palmas, aclamaron a Jesús, diciendo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor

     Según el Evangelio de Mateo, la última etapa antes de llegar a Jerusalén es Betfagé, en el monte de los Olivos.  Jesús se detiene y envía por delante a dos discípulos para que le consigan una cabalgadura.  Quiere entrar en Jerusalén como nunca antes lo había hecho: “Id a la aldea de frente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlo y traédmelo”. ¿Por qué elige  un borrico para entrar en Jerusalén? El borrico representa la mansedumbre y la paz, frente al caballo, que simboliza la violencia y la guerra. Y Jesús es un Mesías  lleno de mansedumbre y de paz...  Se cumple cuanto está escrito en el libro del Profeta Zacarías. “Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde montado en un pollino”

     
Jesús entra en Jerusalén como Rey. La gente parece intuirlo y extiende los mantos a lo largo del camino,  como era la costumbre en Oriente al paso del soberano. Inclusos las ramas de olivo, tomadas de los campos y esparcidas a lo largo del camino de Jesús, hacen de alfombra. El grito de “Hosanna”, (que en hebreo significa sálvanos),  expresa la necesidad de salvación y de esperanza que sentía ala gente. Por fin llegaba el Salvador. Jesús entra en Jerusalén y entra también en nuestras ciudades de hoy, también en nuestro propio corazón, como aquel que puede hacernos salir de la esclavitud y hacernos partícipes de una vida más humana y solidaria. Su rostro no es el de un poderoso, o un fuerte, sino el de un hombre manso y humilde.

     Recordemos que los Reyes de Israel entraban en Jerusalén cabalgando sobre un caballo, signo de poder y de violencia. Jesús, por el contrario, entra en Jerusalén montado en un borrico, signo de la mansedumbre y  la humildad... Hay cosas en Jesús que nos desconciertan y una de ellas es esta: su entrada en Jerusalén montado en un pollino. Es un gesto cargado de sentido.



         En el Evangelio de hoy hay un mensaje importante: Este Dios que se manifiesta en Jesús, rompe nuestros esquemas:  no es el Dios de los puros, de los buenos, de los cumplidores,  sino particularmente,  de los abatidos, de  los pobres, de los marginales... No es el Dios de la grandeza, sino  el Dios de Jesús, es el Dios que  nos ofrece el amor y la paz a todos.
      
     La ciudad de Jerusalén se pregunta alborotada: “¿Quién es éste?” Los que vienen con Él contestan: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”.  Quizá la gente que lo seguía aclamándole, aquel día de primavera, se planteó la pregunta fundamental: ¿quién es de verdad este Hombre?

     Sería bueno que, junto al ramo de olivo que nos llevemos a casa, también nos  llevemos la pregunta que resonó en aquel día:  ¿pero quién es este Hombre? Y aunque conozcamos la respuesta a nivel de nuestra cabeza, es conveniente que esta pregunta la dejemos resonar en nuestro corazón y en nuestra vida.
   
      Desde el fondo de nuestro ser podemos decirle hoy a Jesús: Tú Señor, vienes a nosotros en un borrico, todo lo contrario de lo que nos suele gustar a nosotros, que cuidamos la imagen, que queremos aparecer más de lo que somos, que deseamos ser reconocidos y aparentar. Tú haces tu entrada en Jerusalén en un borrico, dispuesto a realizar hasta el final el designio de amor del Padre...  ¡Bendito tú, Jesús, que vienes con tu paz!... ¡                                                             

                                                                          Benjamín García Soriano
                                                                                              



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