IV.- Cristo la encarnación de Dios.
EL NACIMIENTO Y LA VIDA DE JESÚS.
Los ríos que confluyen en la Navidad. Los relatos: el mito y su expresión trascendental. Una vida, un programa, una actitud como definidores del hombre y de su dimensión. ¿Qué es una actitud religiosa?

LA NAVIDAD NO ES UNA FECHA

Vamos a dedicar estas páginas a la Navidad, pero sin interrumpir la línea que estamos siguiendo en el presente estudio, recogiendo lo que tenemos dicho y recordando que el intento es traducir y vivir el cristianismo en nuestro tiempo, y no en otro, puesto que Cristo viaja con nosotros en el tiempo, para proyectarlo después sobre nosotros mismos y en el mundo que nos ha tocado vivir.
Como ya sabemos de años anteriores, la Navidad se puede orientar de mil maneras, y esto en sí mismo ya es un tema para meditar. Hay cosas en la vida que quedan agotadas al recorrerlas una vez y otras, en cambio, hay que recorrerlas mil veces, porque tienen mil posibilidades y ofrecen mil caminos para ser conocidas.
Ya que estamos estudiando el cristianismo, vamos a hacerlo con textos bíblicos. El cristianismo es revelación, y por eso hay que referirse a ese contenido revelado en el Antiguo y Nuevo Testamentos. Hoy vamos a leer a San Lucas, solamente a San Lucas, en su capítulo 2º, un capítulo no muy largo, pero muy denso.
Comienzo con dos anotaciones previas. Primero, la Navidad no es una fecha del calendario, ni siquiera un dato histórico sin más. Es fundamental que lo entendamos. Si Mateo y Lucas, que son los únicos que cuentan la Navidad, hubiesen querido hacer historia, nos hubieran dado la fecha y la hora exactas del acontecimiento. Sin embargo, lo histórico no era de su interés, les interesaba más bien el relato, el cuento. Me gusta decir la palabra “cuento”, que viene de contar, y además contiene esa evocación de los cuentos famosos que nos contaba mamá y que siguen acunando los amaneceres de la humanidad en cada hombre.
Por esto hablaré de cuento, no en lo que tiene de ficticio o irreal, sino porque lo que se quiere decir es tan real que sólo el cuento y la leyenda lo pueden recoger. Si alguno no entiende esto, que haga un esfuerzo, porque si no, no nos entenderemos. Cuando una cosa no cabe en las palabras hay que narrarlo como mito o no se dice. Las grandes experiencias vitales no caben nunca en palabras, y por eso se ha inventado la poesía, la música, la danza, que ya ellas mismas son una Navidad que revuelven los fondos del interior y sueltan mil pájaros a volar, y, de golpe, te hacen decir: ¡Ah, he aquí la Navidad! ¿Cómo se puede contar la Navidad haciendo eficaz el nacimiento de Cristo? Porque éste es el secreto. Si no es así, ¿qué nos importaría a ti y a mí que Cristo naciera sin más? El problema es cómo celebrar la Navidad de forma que no sea un hecho histórico que acaeció hace 2.000 años, sino que sea un hecho histórico que me conmueva y sacuda, como sucedió hace 2.000 años.
Cuando la Navidad sucede...
Y la segunda advertencia es a propósito del modo de celebrar la Navidad. Hoy todo el mundo celebra la Navidad, iluminamos las calles, descorchamos champagne e invitamos a los amigos. Es Navidad, y hay Navidad por todas las esquinas, pero, ¿es esto la Navidad? La Navidad no es una fecha. El nacimiento de Jesús sucedió una vez para siempre, y si la Navidad es vivida en cada uno como toca, sucede para siempre. Fíjense lo que nos puede decir la Navidad hoy. Cuando todo va más o menos bien, las cosas son verdad, pero cuando van mal, ya no lo son. El hombre es curiosísimo, vamos creando paisajes, y si estamos de humor, todo florece, pero, si estamos de mal humor o tristes, todo se seca, la vida se hace un desierto, no tiene sentido y te quieres tirar por la ventana. Éste es el hombre que cuando se pone triste dice ¿y si todo esto que nos cuentan es falso?
Navidad quiere decir que todo eso que nos cuentan no sólo no es falso, sino que nos dice que sigue sucediendo. No hay discusión posible más que en la ausencia; el que no entiende esto, puede sentir dudas y tener nostalgias, pero quien lo acepta no puede tenerlas. Es verdad que siempre nos asaltan las dudas, pero si sabemos atar los cabos, las dudas no duran, por una razón muy sencilla, porque el futuro ya ha empezado entre nosotros el día de Navidad. Ya no podemos decir que lo que nos cuentan no es verdad... ¿Cómo no va a ser verdad si la vivimos?
Lo que se nos cuenta en el relato de la Navidad es la vida futura, el amor definitivo, la felicidad sin fin, las primaveras que estallan como auroras en el corazón de cada uno, Dios organizando una fiesta increíble en un banquete sin fin. Todo esto empezó el día de Navidad. Dios está con nosotros. Más todavía, porque lo de Emmanuel fue una profecía de Isaías, en el siglo VIII antes de Cristo, y lo de Navidad es que Dios es uno de nosotros. Lo que esperamos es Dios, con todo lo que Dios significa, la vida, el amor, la totalidad, la felicidad, el gozo de todo en un momento, o sea el tiempo y el espacio concentrados en un instante, todo esto lo puedo gozar para siempre, todo esto está ya aquí.
...Sucede Dios en el hombre
Por eso habría que corregir la expresión de Isaías: Dios, el día de Navidad, no vino a “estar-con-nosotros”, vino a “ser-uno-de-nosotros”. El niño de Belén “es hombre y Dios a la vez”, y tú coges el niño y tiras del hombre y viene Dios, y coges el niño y tiras de Dios y viene el hombre, inseparablemente, para siempre, dijo Calcedonia. Y esto es magistral, porque resulta que “Quod semel admisit nunquam dimisit” (lo que Dios tomó una vez no lo suelta jamás), y Dios, el día de Navidad, tomó al hombre y no lo soltará jamás, es decir, que no es Dios con nosotros, es Dios en mí, pero tan en mí, que es yo mismo, lo más interior de mí. La profundidad de mi bodega personal es Dios, es decir, aquello que hace que yo sea yo, no soy yo, es Dios, tengo el cogollo infinito.
Esto es lo que se nos dice en Navidad, y ahora veremos cómo se debe contar y cómo se debe hacer la Navidad. Lo primero que hay que decir es que si la Navidad es un paisaje, conviene reconstruir ese paisaje. San Lucas nos va a ayudar. Es fundamental, para que suceda la Navidad, que tengamos un pesebre dentro, el nacimiento dentro, y no sólo como paisaje, sino como símbolo y sacramento. Conviene volver a la antigua costumbre de poner el Nacimiento en casa, aunque sea con un simple árbol, puesto que el árbol es una parte del paisaje, pero mejor sería añadir ese trozo de río, una ovejita, un poco de nieve, una estrella, un ángel juguetón y un camino. Hay que poner todo esto, porque si celebramos Navidad, nuestra tierra ya no es igual.
Dios, al crear, se queda en lo creado
San Gregorio Magno, un Papa que murió en el año 604, lo decía de esta manera: “Cuando él llegó, le sintieron llegar todas las cosas”, cosa que no sabemos decir en el año 2.000, y, por tanto, llevamos un retraso de mil seiscientos años. Es decir, al crear Dios las cosas, él mismo se queda dentro. Dios creó las galaxias, las planetas, los mares, las montañas y los ríos, y se quedó dentro palpitando, o sea, que todas las cosas son Dios creciendo en ellas. Todas las cosas están llenas de sonoridades de Dios. Y añade San Gregorio: “Y cuando después de millones de años de la Creación, Dios volvió a ellas, como le tenían dentro, todas le sintieron llegar”. Y se alegró la estrella, que se puso a bailar para conducir a los magos hasta Belén. Y la tierra se alegró de tal manera que hizo de la noche un cielo iluminado. Y se alegraron los hombres, los pastores, que, en su sencillez infantil, sintieron que un niño les había nacido. Y se alegraron los magos, los paganos que no conocían a Dios, y allí, en la lejanía de Babilonia, sintieron que Dios había nacido en un rincón de Israel y se pusieron en marcha. Y, sobre todo, le sintieron los siglos venideros, que desde aquel día les nació en el cogollo la eternidad. ¡Un “diez” para San Gregorio!  Pero para que todo esto suceda, tiene que sonar dentro del hombre. Es desde dentro desde donde se puede recomponer la realidad.

EL RELATO y el mensaje DE SAN LUCAS

San Lucas, el más lejano a Jesús de los cuatro evangelistas, fue un convertido, no del judaísmo como los demás, sino del paganismo; un griego preparado culturalmente, médico, pintor y escritor elegante. Una vez convertido al cristianismo, se dio cuenta de lo que significaba ser cristiano, y cuando se puso a redactar los primeros capítulos, los últimos en orden de redacción, dejó en ellos todo lo que había aprendido del cristianismo.  Y nos dijo que este Jesús que predicaba, curaba, perdonaba, murió y resucitó, este Jesús, nació el día de Navidad. Y en segundo lugar, que con el nacimiento de Jesús, nace la historia de la salvación del hombre. Caminamos hacia la salvación, pero esta historia ya comenzó el día de Navidad. San Lucas lo sabía, y de ahí la densidad de su evangelio. Todo esto nos viene a decir en ese capítulo segundo de su Evangelio. Insisto, no dejen de leer en Navidad a sus hijos este cuento hermosísimo de San Lucas.
Así lo cuenta San Lucas: -En aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando empadronarse a todo el mundo. Y María y José, que eran de la estirpe de David, emprendieron el camino desde Nazaret, en Galilea, al Norte de Israel, hasta Belén, muy cerca de Jerusalén. Fueron llamando a las posadas y, al no encontrar sitio en ellas, siguieron caminando. Cuando a María le llegó el tiempo del parto, se metieron en un agujero al lado del camino, un pequeño establo medio hundido, y allí nació el hijo de Dios. Ya comienza San Lucas a montar el paisaje. Están de camino -esto es fundamental para Lucas -, o sea, de forma que los cristianos que viven sentados, de Navidad nada.
María y José de camino.
Esos cristianos, que vienen pensando lo mismo desde hace 200 años, no pueden celebrar la Navidad. Esto es lo primero que dice San Lucas. Ya es una revelación, Jesús nace en camino. Hay cristianos que viven como hace 200 años, y encima dicen que hay que vivir como hace 200 años. Estos no sólo no viven la Navidad, la están matando en la cuna, como hizo Herodes, un viejo sentado en su trono que, para que no le movieran de allí, mandó degollar a todos los niños. Algo parecido nos pasa a los cristianos que vivimos sentados, pensando siempre lo mismo y practicando rutinariamente, y así vivimos una Navidad muerta.
Primera conclusión de San Lucas: Dios, Cristo, nace en el hombre en camino, o mejor, nace en el camino del hombre y, por tanto, un hombre que no hace camino, no conocerá a Dios. Es verdad que nos proponemos y nos esforzamos por ser mejores... pues abre las puertas que tienes cerradas, da el perdón que negabas, acoge en tu casa a ese niño que anda suelto por ahí, a ese amigo que te pide ayuda, no ahogues esa ternura que te nace dentro y te hace ser persona. Ésta es la mala intención de San Lucas cuando pone a Jesús naciendo mientras sus padres van de camino.
Ángeles y pastores
Segundo dato: “Había en la región unos pastores...” Alrededor de la cueva pone a unos pastores. Si ustedes leen a San Mateo, verán que no sabe nada de pastores, en cambio pone a unos magos. Esto demuestra que cada evangelista pinta el cuadro que le interesa para trasmitir el mensaje a su Iglesia particular. Pues bien, había unos pastores que vigilaban de noche su rebaño, y se les presentó el Ángel del Señor. Ya tenemos otro elemento del paisaje. Noten que, para San Lucas y la mentalidad oriental, sigue funcionando la mitología antigua, al menos como forma de relato. Y en esa mentalidad Dios es un ser que vive en el cielo y baja a la tierra, donde vive el hombre. Es lo mismo que en el relato de la Ascensión, cuando narra cómo Cristo se va al Cielo. Estamos todavía en un momento en que la cultura griega habla del Olimpo, lugar donde se encuentran los dioses, y en medio está la frontera que los hombres no pueden atravesar, si no es en el momento de morir. Los personajes intermedios, los mediadores de los mensajes entre Dios y los hombres son los ángeles. Es mitología, simbólica, pero muy buena.
San Lucas aprovecha muy bien esa forma de pensar mitológica para expresar la realidad indecible de cómo Dios se acercó al hombre y se hizo hombre. El cielo se agujereó y se vinieron abajo todos los ángeles, una catarata de ángeles sobre la tierra. Son los que dejan paso libre al hombre para que tenga acceso a Dios. Así lo dijo San Agustín: “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. El camino que hizo Dios del Cielo a la Tierra lo hace el hombre de la Tierra al Cielo. Ya está abierta la frontera gracias a los ángeles que aquella noche cayeron del cielo.
¿Y dónde cayeron los ángeles? Sobre unos pastores. Ni el más tonto de los ángeles cayó en el Palacio de Herodes, ni en el Templo de Salomón. Ésta es la intención de San Lucas, tremenda. ¡Y ésta es la Navidad que nos cuenta! Herodes no fue convocado al nacimiento, ni los sumos sacerdotes tampoco, ni los fariseos... Traduzcan esto al castellano. El día de Navidad se abre el cielo y caen ángeles. ¿Dónde caen? En San Pedro de Roma ni uno. No ofendo a nadie, simplemente digo que el Papa no está llamado a la Navidad por el hecho de ser Papa. Sí está llamado si es niño, como todos. Y en el palacio de la Zarzuela tampoco. Si el Rey va a la Navidad, irá como niño, como caminante, no como Rey, y lo mismo cualquiera de nosotros. Tengamos cuidado porque San Lucas es tremendo. Los ángeles parecen tontos pero manejan el remo divinamente y no se despista ni uno.
El racimo de ángeles cae en plena noche sobre los pastores que guardan su rebaño. San Mateo no habla de ángeles, pero pone el cielo, y en el cielo una estrella. Es lo mismo el mundo de las estrellas y el de los astrólogos que buscaban, se dijeron: “Ha nacido el rey de Israel”. Estamos en camino, no lo olviden, el hombre debe caminar. ¡Cuidado con quedarnos en el Concilio de Trento! Los que se quedan en Trento y lo echan de menos no conocen Trento, porque no es una cadena que nos ate al suelo, sino una sacudida que nos echa hacia adelante. Ya estamos diciendo que el Papa está pensando en el Vaticano III ¡No le bastará con el II! Y el cristiano que yo fui antes de ayer ya está viejo, ya no soy aquél, ni debo serlo, porque estoy en camino.
Así que los ángeles, los fronterizos, rompen el cielo para que, como yo era pagano, diría San Lucas, los dioses dejen de estar arriba y comiencen a cuidarse de los hombres. ¡Pero atención! ¡El cielo se ha roto sobre unos pastores, sobre los demás, no!
Vigilantes y la llamada inoportuna.
Insistamos, pues. ¿Y qué les pasa a los pastores? San Lucas les ha definido con una palabra, con una cualidad: “Filacton”, en griego, “vigilantes”. San Lucas tiene ángel, y sabe lo que dice porque escribe cuarenta y tantos años después de la muerte de Jesús, por tanto, ochenta años después de lo que está contando. Él no lo conoció, pero supo investigar y sabe cómo colocar las piezas el día de Navidad.
Os cuento la Navidad, diría San Lucas a sus cristianos, no como quien cuenta una cosa pasada, os cuento la Navidad porque quiero que estéis en ella y la viváis. San Lucas escribe a unos cristianos que tienen el peligro de envejecer cuando amainan las persecuciones, y Lucas dice: Esto no puede ser; los ángeles de la Navidad cayeron sobre los pastores, primero, porque eran pastores, y segundo, porque tenían el corazón abierto sobre sus ganados en el corazón de la noche.
El mismo Jesús lo dirá en el evangelio de San Lucas: “Vigilad, porque no sabéis el día que llegará el Señor”. No se trata de la muerte, no, sino de la llegada del Señor. El Señor llega si estás en camino, y con un ojo abierto. Los que duermen -Herodes roncaba y los santos de Israel, los fariseos, también roncaban- no se enteraron. San Lucas escribe para los cristianos que duermen, y eso que los de entonces eran unos aficionados durmiendo; los que dormimos de verdad somos los de ahora.
Supón que te dicen: -Esta noche va a venir Dios a verte. Te han fastidiado, porque si Dios viene a verte, te compromete. Te vas a dormir y cuando te despiertes a la mañana siguiente, dirás: -Me han tomado el pelo, me dijeron que vendría y no ha venido. Lo que sucede es que no le has querido oír cuando el vecino inoportuno llamó a la puerta para pedirte algo, o despreciaste al borracho que vagaba por la ciudad... ¡Era Dios!
La buena noticia y su contenido
Estos pastores reciben a los ángeles, y un ángel les dijo: “Os traigo una Buena Noticia”. Este ángel hablaba en griego, porque Buena Noticia en griego significa “Evangelio”. San Lucas, que escribe en griego, pone el título de su libro con lo que sucede en este día: “Euangelos”, traigo una Buena Noticia. Ésta es la noticia, la gran noticia, por fin se han juntado el cielo  con la tierra, el hombre con Dios, y ha nacido un niño en Belén.
¿No está el mundo lleno de cristianos que quisieran que este niño llegara, pero con una espada, como la de Herodes, y empezara a arreglar el problema del Golfo y todos los conflictos del mundo? Siempre que Dios aparece, es Buena Noticia, por eso no pretende aguar la fiesta de nadie. Y el cristiano, cuando aparece, si fuera como debería ser, siempre será una buena noticia. ¿No conocen cristianos que, cuando llegan, aparece la tempestad?
¿Y cuál es la Buena Noticia? “En Belén de Judá os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. El Mesías esperado por el pueblo de Israel, el Salvador deseado desde el comienzo de la humanidad y el Señor de la historia. Recuerden cómo los apóstoles preguntaban a Cristo al final de su vida: “¿Es ahora cuando vas a instaurar el Reino de Israel?”
Si los pastores se ponen a buscarlo después de la alegría del anuncio, ¿ustedes creen que lo habrían encontrado? Hay que tener los dos ojos bien abiertos, porque puede venir de cualquier lado. Dios puede venir de cualquier parte y en cualquier forma, en forma de tonto, en forma de sufrimiento, de una alegría, y hasta en forma de una botella de champagne, también. Por eso, San Lucas dice: “¡Os voy a dar una señal!”. ¿Imaginamos qué señal? ¿Un hombre con un sello en la cabeza, brillante como una estrella? No. Ésta es la señal: “encontraréis un niño”. Los pastores debieron pensar que les tomaba el pelo. Además, niño, en griego, se dice “brefos”, que significa “niño que no sabe hablar”. El ángel está hablando de la fe; lo que tenéis que buscar es algo en lo que no es fácil creer, el Mesías como niño que no habla.
Pero no basta, porque la señal tiene dos detalles más. Encontraréis a un niño, que no habla, envuelto en pañales. No hay ropaje de príncipes, sino un palmito de tela que le tapa el ombliguín. Niño, no habla, mal vestido, pero, ¿al menos en cuna  real? ¿No es descendiente de David? No, en un pesebre. Éste es el mensaje de Navidad.
La reacción ante el anuncio
Ésta es la noticia, y los destinatarios, unos pastores, gente capaz de recibirla, no Herodes ni los Sumos Sacerdotes: “Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. A ver cuándo aprendemos los cristianos a dar buenas noticias; de parte de Dios nunca vienen malas noticias. Veamos cuál es la reacción ante la noticia de que Dios ha llegado a la tierra. La más inmediata será: ¡Pues vayamos a adorarlo! Pero el ángel dice: “No corráis demasiado, que os vais a perder”. ¿Verdad que sí?
El hombre primitivo, y todos nosotros, hemos buscado a Dios de mil maneras, en mil lugares, y lo buscábamos donde no estaba y como no era. Por tanto, si buscas a Dios donde no está y le buscas como no es, sucede lo que ya sabemos: ¡Estoy buscando a Dios y no le encuentro! Evidente, si le buscas por la derecha, está por la izquierda... Si le buscabas de cuatro metros de alto y sólo pesa dos kilos y medio...
El indicador que dan los ángeles del cielo es que Dios viene a la Tierra como niño, en pañales y acostado en un pesebre. Cuando Dios aparece, aparece en lo pequeño; Dios no necesita grandezas para hacer grandezas, las hace desde la pequeñez. Por eso, la ternura que experimentas en Navidad es presencia de Dios; por eso las ganas que tienes de ser bueno es presencia de Dios; por eso la vida cotidiana está hecha de pequeñas cosas, una detrás de otra, haciendo siempre lo mismo, barriendo los mismos suelos, estudiando los mismos libros, enseñando las mismas cosas, siempre con el cansancio de la rutina. En esa pequeñez es donde se encuentra Dios. Si esperas a Dios en las grandezas de la historia, has perdido el indicador, porque en las grandezas no está Dios. Ya se nos está anticipando que la verdadera edad del hombre es el niño.
A los que quieran leer algo sobre la infancia de Jesús, aparte de este capítulo segundo del evangelio de Lucas, les aconsejo un pequeño libro de Urs von Balthasar, que se titula “Si no os hacéis como este niño”. Junto con Karl Rahner fue uno de los dos mayores teólogos de nuestro siglo. El Papa le hizo cardenal casi a los 90 años y, nada más hacerle cardenal, se murió. Es un libro muy pequeño, aunque no es fácil de leer. Es curioso que este hombre, que había escrito infinidad de profundos libros de dogmática, de teología en general, al final se despide con este libro pequeñísimo, y que lo titula “Si no os hacéis como niños”. Es el testamento de un gran teólogo. Es decir, que después de toda la teología, al final, lo que queda es un niño.
O si quieren, pueden leer "El principito", una verdadera delicia de Saint Exupery, un piloto y escritor que volaba tan alto y tan a gusto que, a veces perdía su avión y la última vez voló hasta el cielo. Dice unas cosas maravillosas sobre la infancia. ¡A los mayores hay que darles siempre tantas explicaciones! ¿Puede una boa comerse un elefante? Se pinta una boa con un elefante dentro y ya está. Los mayores no entienden nada.
Jesús dirá más tarde: “Si no os hacéis como niños, no entraréis...”. Es decir, en el cielo no hay ni un sólo viejo. Hay gente de 90 años que son niños. Éste es el cristianismo, un camino hacia Belén, un camino hacia la niñez, un camino hacia Dios. Y ésta ha de ser toda nuestra vida: la de pastores que caminan a Belén. No vayáis hacia el Dios guerrero, no vayáis hacia Dios como Sumo Pontífice o como Papa -no estoy criticando, estoy glosando a San Lucas- que no lo vais a encontrar.
Estamos comentando solamente dos versículos de San Lucas: la señal que nos indica cómo ha venido el Mesías, un niño, en pañales y acostado en un pesebre. ¡Qué densidad y precisión para decir en dos palabras todo el mensaje de Navidad! Un autor americano, Brown, necesita escribir un libro de casi mil páginas para explicar lo que dice San Lucas en dos capítulos, se titula "El nacimiento del Mesías". Y otro autor francés escribió poco después "Les Evangiles de la naissance de Christ", otras mil páginas.
Para no decir tonterías y entender las palabras sencillas de San Lucas tienes que despertar el niño que llevas dentro; despiértalo y verás cómo te sale la Navidad. Mientras seamos los viejos que todo lo cuestionan, hacemos el ridículo, pero si somos el niño que llevamos dentro, estamos en la verdad, y además, en esa verdad que es la única que nos puede salvar. Nos salva el niño que llevamos dentro de nosotros.
LA PALABRA DE DIOS, REVELACIÓN DEL HOMBRE

He dicho que el “brefos", este pequeñón que sólo balbucea, es la Palabra de Dios. Otra vez San Lucas hablando de la revelación de Dios con una sola palabra. Cuando Dios, que había hablado de mil maneras a los patriarcas y a los profetas, quiso decirnos, de una vez por todas, quién es él y quién soy yo, no habla, sino que se encarna en Belén de Judá.
¿Y qué nos quiere decir San Lucas con esto? Que no hay palabras para decir quién es el hombre y, mucho menos, para decir algo sobre Dios. La palabra de Dios sobre el hombre no se puede decir con palabras, se dice a lo largo de toda la vida de un hombre. Así de grande es el hombre. Si quieres decir algo sobre el hombre, y quieres decir la verdad, no te cabrá en palabras, por eso la Palabra de Dios sobre el hombre no es una palabra dicha, es una palabra que nace, que vive, es una palabra que se dice siendo. Es la palabra que es vida y ser: “Dios es”.
Por tanto, todo lo que estoy diciendo esta mañana sobre la Navidad no es la Navidad, Navidad es lo que yo logre ser de Navidad por dentro. Ésta es la lección del curso entero.
La Palabra es carne de un niño...
Toda la Creación es palabra de Dios, palabra que suena por dentro, pero cuando Dios se propuso decir lo último y definitivo, dijo un niño, el hombre. “Locutus est nobis in filio”, dice San Pablo; no a través de un niño, sino en un niño. “Y la Palabra se hizo carne”: “Kai ò lógos sarx egéneto”, según San Juan. La palabra de Dios sonorísima, que levanta montañas, no se puede decir, sólo se puede vivir. No vale nada lo que sabemos de Dios o de nosotros mismos, lo que vale es que lo vivamos, y por eso se anuncia sólo a los que le pueden entender, a los pastores. El niño no se dice ni se explica, al niño se le ama, se le tiene, se le goza, no se dice.
El niño es la dimensión del hombre, y al hombre le entiende quien le acoge. ¿Eran tontos los pastores? Otros hubieran dicho: -¡Si éste es el mensaje, yo me voy! Los pastores tuvieron la mirada limpia, y por eso pudieron adorar lo que otros rechazaron. Desde que la Palabra de Dios sobre el hombre es que el hombre es el niño, hemos de saber que la edad del hombre es el niño. Por eso Cristo dirá: “Si no os hacéis como niños, no entraréis...”.
La edad para entrar en el cielo es el niño; da igual los años que tengas, has de ser niño. ¿Y qué es ser niño? Ser necesitado de una madre, ser y estar desvalido, necesitar del calor de una mula, de un pesebre que te sostenga... Lo que define al hombre de verdad es la niñez. Lo que a mí me define es la conciencia de ser un menesteroso que va por la vida con las dos manos abiertas, y poder decirle a mi madre, a mi padre y a la mula y al buey y a la estrella: ¿Me das un poco de luz y de calor? Como “El Principito”, que se enamoró de una rosa: -Oye, me quieres alegrar la mañana? O cuando ves a tu hermano, aunque sea enemigo, como alguien de quien necesitas para construirte; estás diciendo que eres de tal categoría que los 6.000 millones de hombres no te bastan para ser tú mismo. Mientras tanto, seguimos pensando: -Yo me basto a mí mismo para construirme. Ésta es mi inútil pequeñez, me conformo con un par de ladrillos o de ideas para construir la realidad. La realidad es que cada hermano mío tiene algo, una rebanada de pan que darme, un ladrillo para mi construcción.
¿Qué seríamos los que estamos aquí sin nuestros padres, nuestros abuelos, sin los maestros, sin la prensa que hemos leído o los libros que hemos estudiado, sin las amistades, hasta sin las bofetadas que nos han dado...? Si estamos aquí construidos por los demás, los que no deben nada a nadie son viejos, retoños estériles de un tronco viejo que no crece más.
...de un niño necesitado
Cuando Dios nació, nació niño y el niño es el desvalimiento. Yo necesito de todos, necesito de su presencia y necesito su cariño, necesito su comprensión y su perdón, me voy a la estrella y le mendigo un poco de luz, me voy al invierno y le pido un poco de nieve para ser más blanco, voy a la primavera y le pido un poco de sangre caliente para crecer y vivir, y toda la Creación es una inmensa despensa de la que el hombre es su mendigo. El niño que soy va tendiendo las manecitas tiernas y temblorosas, desde la necesidad, a esa despensa. Somos niños y somos los pastores que, al buscar a Dios, le encontramos mendigo, porque Dios es la dimensión del hombre.
Y además de encontrarle desvalido y necesitado, está en un “pesebre”. San Lucas lo dice expresamente: “Fatne” es una palabra derivada del griego que viene a significar el lugar donde comen los animales, un lugar abierto, para que el pienso se vea bien. O sea, que María, apenas nace el niño, lo pone en un pesebre, bien visible, para que coma el que quiera. Ya está diciendo San Lucas que este niño es el pan del mundo. Acaba de nacer y ya es de todos y para todos.
Frente a nuestra vejez, resentida y miedosa, el niño es ingenuo, se da como alimento en un pesebre para que vengan todos los que quieran y coman. Estamos definiendo seriamente al hombre. Aunque pasen millones de años, la mayor conquista que podrá alcanzar el hombre es la de ser un niño. Ésta es nuestra grandeza. Cuando Dios le dice al hombre su palabra, aparece un niño. Ésta es la palabra de Dios sobre el hombre: la verdad del hombre es su infancia, ha de morir como nace. La conquista del hombre cuando muere es haber conseguido ser niño: ésta es su verdad. “Si no os hacéis como niños...”. O sea, que la vida es volver, por mi esfuerzo, a lo que al nacer me dieron de regalo; así salí del paraíso y sólo así puedo volver a él.
El niño menesteroso está diciendo que es un necesitado de los demás, y, al saber que todos me pueden dar algo, todos son mis hermanos y de todos he de recibir, y no puedo rechazar a nadie, porque rechazo el trozo de pan que necesito para construirme. Y al mismo tiempo que yo necesito de todos, sé que todos necesitan de mí; tengo algo mío que todos necesitan. También yo he de ponerme en el pesebre para darme. Así es como lograré ser yo mismo, dándome.
Sólo encuentran a Dios... los pastores.
Éste es el misterio de la Navidad que cuenta San Lucas, el misterio de Dios nacido entre los hombres, que al mismo tiempo se hace descubrimiento del hombre acerca de sí mismo. La palabra de Dios sobre sí mismo es la palabra de Dios sobre el hombre. Navidad no es nada si no topas con el Mesías para que suceda algo inevitable, que descubras al Mesías como tu propio retrato, pues él es el primero de los hermanos.
Hay que ser pastores para ir en busca del niño y poder encontrarlo. No es nada seguro que el Papa esté en Belén, en Navidad, si no es pastor. No es nada seguro que nuestro Rey, o nuestros Presidentes, estén en Belén, el día de Navidad, si no son pastores. Y no es nada seguro que los curas estén en Belén, ni los santos, cuando son insoportables, tampoco, como los fariseos. Y tampoco es nada seguro -es una barbaridad, pero es así- que los que celebramos la Nochebuena, o vamos a la Misa del Gallo, que estemos en Navidad, si no somos pastores. Si vamos a la Misa del Gallo rezongones y viejos, no es Navidad. No es nada seguro que la Navidad suceda en la Iglesia, como no sucedió en el Templo de Jerusalén donde se adoraba a Dios; sino que sucedió en la cueva de Belén, es decir, en lo normal y cotidiano de cada día.
Dios anda entre los pucheros, decía Santa Teresa, y Dios se te presentará a ti soportando a tu hijo travieso o abriendo la puerta al enemigo. Es tremenda la Navidad. El hombre necesita ser niño para topar con Dios en Belén. Fíjense que San Lucas no ha puesto ni una sola jerarquía esa noche de Belén. Es bueno que digamos la verdad y hagamos una declaración: “yo no estuve en Belén, ni los escribas, ni los sabios, ni los fariseos, ni los piadosos, ni los sacerdotes, ni los sumos sacerdotes, ni los papas o los obispos, ninguno”. Los pastores, sólo los pastores. Ésta es la malicia del evangelista al contarnos lo que sucedió y lo que sigue sucediendo.
Los pastores salieron cantando y anunciando lo que habían visto y volvieron cantando, porque habían topado con Dios en un niño. Dios hace maravillas de esta manera; se vale de lo más tirado del mundo, dice San Pablo, para hacer sus maravillas. Y lo había dicho antes María Santísima, cuando fue a visitar a su prima Isabel: “Hizo en mí maravillas, porque miró la pequeñez de su esclava”. La pequeñez, eso que San Lucas define con una palabra tan precisa: “tapeinós”, humilde, en el sentido que se dice de la violeta, que da olor estando escondida. Ésta es la “tapéinosis”, la “pequeñez”. Otra vez el niño.
Ofreces a Dios el Templo de Jerusalén y pasa de él. Yo no sé si Dios habrá estado alguna vez en la basílica de San Pedro de Roma, pero si se ha acercado ha pasado de largo. Por donde no pasa de largo es por donde haya una violeta escondida, una santidad que nadie sabe que está, pero que hace respirable el aire. Ahí está Dios. Las maravillas de Dios siempre arrancan de un niño, de lo que tengamos de pequeños cada uno de nosotros, ahí está Belén y el pesebre y el nacimiento de Dios.

SÍNTESIS.
Cuando Dios llega al hombre, llega niño, y su presencia no cabe dentro de una lógica, ni una ética, ni una moral, ni un poder, es una canción, es estética. La edad del hombre es la infancia. En él, en el hombre que necesita de toda la Creación, se siente la sonoridad de Dios; en el hombre grande y poderoso, no.
La niñez es el reino de Dios que ya empieza en nosotros, y empieza siempre entonando una canción, por esto los pastores se fueron cantando, por esto los cristianos de verdad iremos cantando por los caminos de la vida. No será el logro de programas realizados calculadamente, sino la culminación de los sueños.


CONFERENCIAS DE ANTONIO OLIVER