INMACULADA  (C)

(Gn 3,9-15) ...ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
(Ef 1,3-12) Nos eligió para que fuésemos santos e inmaculados ante él por amor.
(Lc 1,26-38) Alégrate, favorecida, el Señor está contigo.


Estamos celebrando una fiesta entrañable, como todas las de María. Es una fiesta a la que podemos sacar mucho más jugo hoy que en ningún momento anterior de la historia. Si no existiera, tendríamos que inventarla. Vamos a intentar profundizar en su significado. El que me siga, intentando comprender, podrá descubrir una increíble riqueza de contenido.
Un primer paso sería superar el error de confundir Inmaculada concepción con concepción virginal (Purísima). La ‘Inmaculada’ hace referencia a la manera en que fue concebida María por su madre. La segunda ‘virginal’ se refiere a la manera de concebir María a su hijo Jesús. Son dos realidades completamente diferentes, y de muy diversa importancia desde el punto de vista teológico. Si esto no lo tienes claro, ¡apaga y vamos!
Otra aclaración imprescindible es que ser fiel a los dogmas, no es repetirlos como papagayos sin enterarnos del contenido teológico, que siempre está más allá de las palabras. En el caso que nos ocupa, hay que tener en cuenta que, aunque sólo ha pasado siglo y medio de la proclamación del dogma, la manera de entender a Dios, al hombre y el pecado (sobre todo el original) ha cambiado drásticamente. Esta distinta perspectiva, nos permiten descubrir que el sentido del dogma se profundiza y se enriquece.
Hoy sabemos que la grandeza del ser humano consiste en imitar a Dios, no en su poder o en su grandeza, sino en su capacidad de darse, de amar. María es grande por su sencillez, porque acepta ser nada, separada de Dios. María no es una extraterrestre, sino una persona humana exactamente igual que cada uno de nosotros. Lo único extraordi­nario fue su fidelidad y disponibilidad, su capacidad de entrega. Toda la grandeza de María esta encerrada en una sola palabra: "FIAT". María no puso ningún obstáculo a que de divino había en ella se desplegara totalmente; por eso, llegó a la plenitud de lo humano. Sólo de esta manera, recordar a María, puede ser buena noticia (evangelio) para todos. María es ejemplo para cada uno de nosotros y debemos alegrarnos de que un ser humano pueda enseñarnos el camino de la plenitud, de lo divino que hay en nosotros. Ese camino no es más que la fidelidad a Dios manifestada a través de la fidelidad a sí mismo.
¿Cómo fue posible que María alcanzara esa plenitud? Para mí, está aquí el verdadero sentido del dogma. Dentro de cada uno de nosotros, constituyendo el núcleo de nuestro ser, existe una realidad trascendente que no puede ser contaminada. Lo divino que hay en nosotros, permanecerá siempre puro y limpio. María desplegó esta parte de su ser hasta empapar todo lo que ella era, alma y cuerpo, si queremos hablar así. Lo que celebramos es su plenitud, no un privilegio que consistiría en quitarle una mancha antes de tenerla. ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo, cuando afirmamos que la realidad que estamos celebrando, consiste en que a María se le quitó un pecado antes de tenerlo?
Sabemos que Dios no actúa como causa eficiente, es decir, a la manera de las causas segundas. Dios es siempre causa primera. Dios no puede hacer o deshacer, poner o quitar, restar o sumar. Dios es acto puro. Actúa siempre, pero desde el ser, no desde fuera de él. Dios es la causa de que todo ser, mi propio ser, sea lo que es en su esencia. Dios no puede tener privilegios con nadie. Pablo nos acaba de decir que nos ha predestinado a todos a ser sus hijos, a ser santos e inmaculados (esto quiere decir la palabra griega
amomous, que la Vulgata traduce por “immaculati”) ante Él por el amor. Dios no tiene nada que pueda dar, o se da a sí mismo o no da nada. Pero Él es simple y no tiene partes, por lo tanto se da siempre absolutamente.
No caigamos en la trampa de pensar que la elección de Dios es como la nuestra. Nosotros somos limitados y la elección lleva consigo siempre una exclusión. Dios no funciona así. Dios puede elegir a uno sin excluir a nadie, es decir puede elegir a todos con la misma intensidad. Si no entendemos esto, devaluamos a Dios y la fiesta perderá su verdadero sentido, que consiste en descubrir en notros lo que hemos descubierto en María. Lo que tiene de original María lo puso ella, no Dios. Lo que celebramos es su respuesta a Dios. Si consideramos a María como una privilegiada, podemos decir: si yo hubiera tenido los mismos privilegios, hubiera sido igual que ella; y nos quedamos tan anchos. No, tú tienes todo lo que ella tuvo, porque Dios se te ha dado totalmente como a ella. Si no has llegado a lo que ella llegó, es por tu culpa. En todo caso, esa es tu meta.
Lo dicho hasta aquí, no disminuye un ápice ni la singularidad de Jesús, ni la originalidad de María. Pero será decisivo para que entremos en la dinámica de la fiesta.
En el fondo, esta fiesta nos hace descubrir en María, lo que hemos descubierto en Jesús, la absoluta presencia de Dios en un ser humano. El único título que Jesús se dio a sí mismo fue “Hijo de hombre”, es decir modelo de hombre, hombre acabado. Claro que cuando decimos que Jesús es el “Hombre” queremos decir “ser humano”, es decir varón y mujer. Pues bien, María es la “Hija de mujer”, es decir la mujer acabada.
Lo que de verdad celebramos en esta fiesta es la posibilidad de descubrir en todo ser humano lo divino. Tú, hombre o mujer, descubrirás que eres inmaculado si eres capaz de ir más allá de toda la escoria que envuelve tu verdadero ser. Ese caparazón que confundimos con nuestro ser, es el “ego”. Jesús lo dejó muy claro, no sólo cuando nos habla del tesoro escondido, de la perla preciosa, etc.; sino cuando nos descubre el valor interior de una prostituta, de un pecador público o de una adúltera.
En María, como en Jesús, podemos descubrir que Dios es encarnación. Ya algunos santos dijeron hace mucho tiempo que en María se había dado una “casi encarnación”. Yo me atrevo a quitar el “casi”. Es muy fácil de comprender. En Dios, el obrar y el ser son lo mismos, pertenecen ambos a su esencia. Dios todo lo que hace, lo es, aunque no siempre lo descubramos. Si en Jesús descubrimos que Dios se encarnó, podemos deducir que Dios es encarnación. Si en la figura de Jesús, esto se nos escapa, porque tendemos a pensar que es un extraterrestre, en María lo podemos descubrir con total transparencia. El núcleo de María es inmaculado, incontaminado, impoluto, porque es lo que de Dios hay en ella. Ese es el don de sí mismo que Dios hace a todos los seres. Lo que debemos admirar en María es el haber vivido esa realidad y haber transparentado lo divino a través de todos los poros de su ser humano. María deja pasar la luz que hay en su interior sin disminuirla ni tamizarla. De esta manera, María nos ayuda a descubrir el auténtico Jesús: Dios hecho hombre.
Que nadie saque conclusiones apresuradas. No estamos hablando de una auto-salvación. Dios es el que salva al 100/100, pero salva siempre. Sin esa salvación, que se manifestó en Jesús, no tendríamos nada que hacer. Pero si Él salva siempre y a todos, que uno la alcance y que otro no la alcance, no depende de Dios, sino de cada uno, porque mi salvación depende también al 100/100 de mi mismo.
En esta fiesta que estamos celebrando queda meridianamente claro el principio de que Dios no reacciona a las acciones de la criatura, sino que Él es el primero en actuar, y siempre por pura gracia, antes de que lo merezcamos. María está llena de gracia desde el principio de su existencia, como todos los seres. Es curioso que el evangelio dice “llena de gracia” y el dogma diga: “preservada de pecado”. Podemos descubrir ahí, el maniqueísmo, que desde S. Agustín, enseña la oreja por todas partes en nuestro cristianismo.
Es una visión raquítica pensar que Dios perdona al que peca y no tiene que perdonar al que no peca. Desde la comprensión de la Inmaculada, tendríamos que Dios perdona más y mejor al que no peca, porque ese perdón no merecido, que llegó a él, le permite mantenerse en ese AMOR de Dios que es lo primero. Desde un lenguaje de “redención”, podemos considerar a María como la primera y más absolutamente redimida.
Para visualizar lo que llevamos dicho, imagina tu “yo”, tu individualidad, como una cáscara, como un caparazón cerrado. Siempre has creído que no eras más que eso. Incluso la religión ha insistido que eras algo vacío, y lo has aceptado. Intenta romper ese cascarón y deslízate dentro de él... No has salido de ti, si no que has entrado hasta tu verdadero ser. No tenías ni idea. No lo conocías. Es el tesoro escondido. Es la perla preciosa. Es mucho más que eso. Es lo que hay de Dios en ti. Es la parte de ti, aún no manchada, que ni tú mismo puedes deteriorar. Ahí, eres inmaculado, eres inmaculada. Todo lo que no es esa realidad, son vestidos, son capisayos, son adornos que impiden descubrir lo que cubren. Lo mismo que te los has colocado, puedes deshacerte de ellos. No les des ninguna importancia. Valora sólo tu verdadero ser. Entonces, se desprenderá de ti todo lo que no sea transparente, todo lo que no deje salir al exterior ese tesoro, esa luz que llevas dentro. Desde ese momento, todo tu ser será solo luz.